domingo, 10 de agosto de 2008

Estudiar en el Instituto Nacional

La década en que realicé mis estudios secundarios (desde 1979 a 1983) era aún muy disciplinada. Realicé los estudios en una jornada mixta, que fue como arcoíris de la alianza, que duró lo que duró mi enseñanza media. Pese a ser una jornada vespertina, donde jefes de hogar regularizábamos nuestros estudios, abandonados por razones diversas, las reglas del Instituto en general se hacía extensivas a dicha jornada. Es decir, prohibían esconderse en los lugares oscuros, andar de las manitos con otros compañeros, exigían tener irreprochable conducta, no fumar, no hacer escándalo, no andar con los profesores, no copiar, no faltar a clases, no llegar atrasado, no vestirse como espantapájaros, se debía ser extremadamente respetuoso, formarse, cantar el himno nacional cada lunes, etc. De lo único que se nos eximía, era de usar el uniforme y de ciertas asignaturas como gimnasia y artes plásticas. Todo lo demás valía para todos por igual, desde la mañanita hasta la nochecita. El horario de estudios vespertino se extendía desde las 18:30 hasta las 23:45 de cada día. Si se necesitaba salir antes, se debía asumir la responsabilidad compartida de dicha salida, con autorizaciones escritas, a pesar de ser mayor de edad, casada, separada y mamá. ¡Imagínense! Era una delicia de protección. ¡Cómo me libré de cosas malas con aquello de los permisos!

Autorizaciones para salir del establecimiento antes de la hora.



Al poco tiempo de emprendidos mis estudios, tras diez años sin hacerlo formalmente, ya sentí que estudiar era lo mío…. ¡Y yo que me había casado conforme a mis trece años, con el puro aliciente de no tener que ir más al colegio! Es que aún no había conocido profesores de tal envergadura… No había tenido la dicha de encontrarme con profesores vocacionales, como los que encontré en mi amado Instituto. Por ejemplo: ¿Cómo olvidar al señor Pozo, de castellano? El primer profesor y ser humano en toda mi vida, en descubrir que yo era inteligente y según sus palabras, que tenía “una rica vida interior” que debía desarrollar. También fue el primero de muchos otros en darme discursos tipo fúnebre en mi propio rostro de viva. ¡Uf! Era difícil aguantarlo con cara neutral. Llegaba a dar susto que en mí encontraran tantas cosas buenas de las que nunca había tenido noticias antes y que me habría gustado oír de mis padres, por ejemplo. Después de vivir casi toda mi niñez arriba del techo y la segunda infancia en las manos de un marido sicópata… era extraño escuchar que opinaran tan bien de mí. Pero era delicioso o al menos, así lo recuerdo ahora.

De la misma grata manera, viene a mi mente otra anécdota personalísima: Fue cuando tuve que leer El Mío Cid, el que por poco vomité entero, porque mi intelecto se negaba a incorporar actos de bondad provenientes de un tipo que se llamara como mi primer victimario matrimonial. Era imposible hablar cosas bonitas de tamaño nombre, que sólo me evocaba palizas injustas y penas inmerecidas… al igual que el poema de Amado Nervo. Por esa explicación de serio y realista traumatismo, el señor Pozo decidió tomarme el examen caminando amigablemente por el patio del colegio, acordando para dichos efectos, bautizar con otro nombre cualquiera a tan digno héroe de caballería. ¡Santo remedio! Dejé la asociación a un lado y pude rendir mi examen conforme, que aunque había obtenido un siete, se transformara en cinco, descontando el par de puntos por el privilegio. Esos permisos especiales, los conseguían los mismos profesores frente a don Sergio Riquelme Pinna, que en esa época era nuestro rector vespertino y quien aún no me conocía personalmente, sino solamente respecto a mi rendimiento expresado por mis profesores.

Del señor Pozo, también recuerdo como casi nos mató de un infarto en la primera prueba escrita. Todos atentos al recibimiento y corrección de las mismas, veíamos como iba poniendo crucecitas al por mayor... Pero era su bonita costumbre el poner cruces por visto bueno, evitando que los rezagados hubieran copiado al primero en entregar la prueba, además de firmar todos los exámenes para evitar las falsificaciones. Tampoco aguantaba borrones ni faltas ortográficas, las que descontaba del puntaje y de la nota. Para nosotros, estudiantes que hacía más de una década no asistíamos a una sala de clases, comenzaron con clases de ortografía. En la parte matemática, química y física, hicieron lo equivalente con las cuatro operaciones y las tablas de multiplicar. ¡Que tiempos aquellos!
Prueba de Castellano del profesor Pozo, 1979



Primavera Silva Monge

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