A pesar de la lluvia de este invierno, a mi casa ha llegado un rayito de sol: Una de mis nietas.
Lo hemos pasado estupendo, jugando, leyendo, estando tanto en silencio como entre estruendosas risotadas. A ratos durmiendo, flojeando, leyendo de nuevo, aprendiendo cosas, tejiendo, yendo de compras, dibujando, fotografiando, leyendo otra vez... Conclusión: A mi nieta le gusta la lectura. La acompañé durante tres días a leer el libro sugerido por el colegio para sus vacaciones invernales. Y... ¡Guácala! ¡Que asco! Un libro muy mal escrito. La deficiente redacción, la pésima puntuación, los vocablos repetidos sin recordar que existen sinónimos... A lo anterior, se suma un mal tratado tema sobre el alcoholismo y las consabidas consecuencias de abandono y explotación de menores. En su conjunto, todo hizo muy dificultosa la lectura en voz alta, en circunstancias que mi nieta llena de dotes, posee además el de la lectura oral perfecta. Incluso, por su cuenta, saltaba los obstáculos y leía como debía ser y no como estaba señalado por el exceso de comas, entre otros detalles de mediocridad literaria. El autor, ex abogado, con 62 libros publicados, no es tan joven como para justificar su falta de rigurosidad, ni tan viejo como para no captar las exigencias de los niños de nuestro siglo y un poco atrás, que exigen las cosas claras y bien hechas. Pese a haber ganado algunos premios literarios, a través del libro mencionado sin especificar, me ha dado la impresión de "haberle echado a la cundidora", lo cual significa, que parece haberlo hecho sin sentido de autocrítica ni responsabilidad, sino realizarlo y punto, casi como para cumplir los plazos del compromiso editorial.
Al margen de esta crítica... ¿Quién será el irresponsable que decide lo que leerán los niños por orden del colegio? No cabe duda de que es alguien que no sabe de letras o alguien que no ha leído lo que recomienda. El caso es que me pareció muy macabro el famoso cuento y no porque contuviera escenas o descripciones de terror, sino porque lisa y llanamente le falta el respeto a los pequeños.
Tengo amigos y familiares que han llegado a juntar varios años de edad revisando sus escritos, algunos durante décadas, antes de osar publicarlos. El respeto a sus eventuales lectores ha sido mayor que el interés en conseguir fama o ganar unos pesos extra. Yo misma, llevo guardando y corrigiendo una y otra vez mis varias novelas y cuentos sin publicar. Mientras, veo que surgen, surgen y surgen escritores de mala muerte, sin prejuicios y sin responsabilidad alguna.
Pensando en esto, me pasó por la mente recomendar a mi romántica nieta, que leyera unos libros que a mí me encantaron cuando niña... Recordaba que su redacción era grata, la lectura comprensible, los vocabularios selectos.... Sin embargo, su ángel de la guarda la protegió de mi ocurrencia e introdujo velozmente en mi mente, unas bien resumidas referencias de tal literatura de antaño, engañosamente clasificada como romántica. Unos de los títulos eran: Jane Eyre, El Ángel de Peribonka y Ella. Todas, malamente etiquetadas como novelas rosa. ¿Por qué malamente? Porque de pronto entendí, porqué en la vida siempre me atrajeron los hombres siniestros y maltratadores como ideales de pareja. ¡Ahí estaba la publicidad engañosa! Disfrazada de final feliz de cuentos, situando a tales galanes como apetecibles y haciendo que las chicas buenas se enamoraran de estos bichos raros, pese a que eran hombres difíciles, hoscos, amargados, esquivos, despreciadores, tercos, idiotas, viejos, maltratadores y además, ni siquiera tenían fortuna. Tal como mis anteriores maridos.
Primavera Silva Monge
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