Hace un tiempo, en la televisión daban un programa que trataba de gente que quería casarse después de haber postergado el asunto por diversas razones. Se suponía que mediante el programa, realizarían un sueño muy deseado, sin embargo, lo que mostraban en común entre los diversos casos, era un verdadero caos, que nunca habría aceptado para mí. Lo que mostraban estaba muy lejos de ser deseable. Y no me refiero a las situaciones de pobreza económica, que por lo general denotaban las familias, sino a la falta de información y de certeza en lo que se estaba cometiendo. La ropa, la comida, los anillos y los vehículos, parecían ser el tema central. Si Dios estaría o no presente, si la armonía sería una señal auspiciosa para los novios, si la salud primaría por sobre los aspectos, si la unión de almas estaría por sobre los anillos, que nunca se sabía dónde o quién los tenía. A mí me parecieron siempre como pesadillas indignas de imitar. ¿Por qué el día más importante de la vida de esas personas debía ser un escándalo, una locura, un sacrificio económico y de otras índoles?
Con todo, agradezco el haber conocido el programa, porque tanta miseria de organización, me remarcó que jamás habría hecho lo que ellos hacían.
Afortunadamente, mi marido y yo tenemos acuerdos serios y respetables. Siempre pensamos en bodas sin gastos inútiles, sin neurosis, sin protocolos sin sentido y sí con mucha armonía y felicidad, tratando en lo posible, de estar cien por ciento conscientes de lo que hacíamos.
Mucho, mucho antes del terremoto, cuando hablábamos de casarnos, planeábamos hacerlo en la playa, en el campo, etc. Pero como casi nadie en la familia cercana tenía auto, no era buena idea por el gasto que les significaba a todos, incluyéndonos. Arrendar lugares, vehículos y otras cosas, equivalía a un desprendimiento económico tal, que no se justificaba porque no era necesario impresionar a nadie, la mitad de la familia son niños y nosotros somos responsables y organizados con nuestro presupuesto, lo que no significa ser amarrete, sino consciente de las verdaderas necesidades sociales o familiares.
Sin embargo, pareció que el terremoto hubiera colaborado para que lográramos el entendimiento popular de nuestros muy personales deseos respecto a nuestro matrimonio eclesiástico. Como éste se realizaría en el domicilio, nadie quiso siquiera imaginar el subir a celebrarlo a un piso 19, donde se rompió todo lo interior con el reciente terremoto. Como la situación post telúrica obligó a mucha gente a quedarse pernoctando en las calles frente a sus casas, nuestro plan final tuvo sus variaciones que ya no lo luciría tan disparatado, como puede ser el casarse en la vía pública.
Elegimos el parque que rodea nuestro hogar, invitamos a nuestra familia, un representante de cada hito social y… ¡A pasarlo bien se ha dicho! Nos divertimos mucho, quedamos tranquilos, sin cansarnos, sin neurotizarnos, sin encalillarnos, más felices que antes al sentir que hicimos bien las cosas. Fuimos felicitados por nuestros hijos, nietos, amigos y nosotros mismos.
De lo único que me arrepiento, es de haber comido tanto chocolate y helado, para contrarrestar el nerviosismo de todo un mes de réplicas a treinta días del matrimonio (27 de marzo 2010) lo cual indudablemente no me favoreció en las fotografías.
Con todo, agradezco el haber conocido el programa, porque tanta miseria de organización, me remarcó que jamás habría hecho lo que ellos hacían.
Afortunadamente, mi marido y yo tenemos acuerdos serios y respetables. Siempre pensamos en bodas sin gastos inútiles, sin neurosis, sin protocolos sin sentido y sí con mucha armonía y felicidad, tratando en lo posible, de estar cien por ciento conscientes de lo que hacíamos.
Mucho, mucho antes del terremoto, cuando hablábamos de casarnos, planeábamos hacerlo en la playa, en el campo, etc. Pero como casi nadie en la familia cercana tenía auto, no era buena idea por el gasto que les significaba a todos, incluyéndonos. Arrendar lugares, vehículos y otras cosas, equivalía a un desprendimiento económico tal, que no se justificaba porque no era necesario impresionar a nadie, la mitad de la familia son niños y nosotros somos responsables y organizados con nuestro presupuesto, lo que no significa ser amarrete, sino consciente de las verdaderas necesidades sociales o familiares.
Sin embargo, pareció que el terremoto hubiera colaborado para que lográramos el entendimiento popular de nuestros muy personales deseos respecto a nuestro matrimonio eclesiástico. Como éste se realizaría en el domicilio, nadie quiso siquiera imaginar el subir a celebrarlo a un piso 19, donde se rompió todo lo interior con el reciente terremoto. Como la situación post telúrica obligó a mucha gente a quedarse pernoctando en las calles frente a sus casas, nuestro plan final tuvo sus variaciones que ya no lo luciría tan disparatado, como puede ser el casarse en la vía pública.
Elegimos el parque que rodea nuestro hogar, invitamos a nuestra familia, un representante de cada hito social y… ¡A pasarlo bien se ha dicho! Nos divertimos mucho, quedamos tranquilos, sin cansarnos, sin neurotizarnos, sin encalillarnos, más felices que antes al sentir que hicimos bien las cosas. Fuimos felicitados por nuestros hijos, nietos, amigos y nosotros mismos.
De lo único que me arrepiento, es de haber comido tanto chocolate y helado, para contrarrestar el nerviosismo de todo un mes de réplicas a treinta días del matrimonio (27 de marzo 2010) lo cual indudablemente no me favoreció en las fotografías.
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