miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Cómo no iba a hablar de terremotos?

Bueno, bueno… en la vida, le tengo miedo solamente a dos cosas: a los incendios y a la doble chapa de la gente. Los incendios no tengo para qué explicarlos, pero respecto a lo de la gente, es quizás más terrible, pues no se puede evitar como los incendios. Se trata, por ejemplo, cuando tras una sonrisita de hada madrina, sale una inmensa y maloliente  bocota de bruja.
Así que con el terremoto no me asusté. En ningún momento.
Hacía pocos meses que había vendido mi propio departamento para comprarme una propiedad comercial. Pucha que me costó venderlo y cuando resultó, justo habían subido las propiedades para diferenciarlas de los subsidios que otorgaba el gobierno. Así que la plata no me alcanzaba ni para la mitad de una casa o local. Pagué algunas deudas pendientes y cada vez menos pesos… Me compré carteras hasta que me dio hipo y así seguí,  hasta que las jaquecas me instaron a visitar  a un buen oftalmólogo para cambiar mis anteojos, por si acaso. Éste me dijo que mi problema a la vista no era nada especial como para tener tanta jaqueca, que me revisara las caderas y la dentadura, que por ahí debía ir la cosa. Súper raro el diagnóstico, pero le hice caso. Fui a la dentista que me recomendaron, quien descubrió que tenía unos horripilantes quistes, que me estaban sujetando las muelas a punto de caer. Era algo así como lo que hacían los ladrones en las micros amarillas. Una iba en la pisadera y ellos te sujetaban generosamente mientras te abrían y robaban el contenido de tu cartera. Estos quistes pueden llegar a comerse  todos los huesos de la cara y en eso estaban... con el aperitivo. 
Mientras esperaba que me respondieran por la compra de un local en el Caracol de Irarrázaval, yo  iba y venía de donde la dentista de la manito de mi mejor amiga. La profesional me dijo, que debía hacerme un desdentado completo, pero que me recomendaba hacerlo en una universidad, que era más barato. Si bien atendían estudiantes de post grado, eran supervisados por sus profesores. Era mejor que ahí hicieran el paquete de extracciones con el plan de reposición de la dentadura. En una de esas, mediante implantes de titanio. Anduvimos dando vueltas hasta que encontramos  una clínica que se veía más decente que las otras. Comenzamos con exámenes, citas lejanas, vari8as manos con sus respectivos ojos, decisiones apresuradas, lentitud en atención, sustos de recién casada y otros sustos más, frente al desdentado completo.  
Con urgencia preparaba la casa para aquellos días en que no estaría disponible por la operación y sus secuelas. Ya tenía visto y sentenciado que no quería que mi marido me viera sin dientes, pero aún no sabía cómo evitarlo. Intenté relajarme diseñando muebles nuevos para la casa, perfeccionándolos para que fueran más útiles para conservar el orden en mi ausencia. También me preocupé de que se cambiara la asquerosa alfombra muro a muro por un bello piso flotante. Para los que no saben de este piso, les digo que cambiarlo, es casi como un pre terremoto...  o una mudanza, para no ser tan exagerada. La compra de las tablas fue toda una majadería, la instalación rapidísima y, ahora comprobé que perfecta. A algunos vecinos se les salió su piso entero con el movimiento telúrico. A nosotros nada.
Terminé esa parte del cambio justito antes de operarme, tras haber sido postergada varias veces por parte del médico a cargo. De repente me dieron la cita como un baldazo de agua fría en pleno invierno. Fue poco antes de Navidad, que en Chile toca en verano, así que el baldazo no me dio frio, sino que un calor enorme en mi organizada agenda, donde tuve que anotar: "estropear la Navidad a mi familia". Ésta estaba invitada completita a pasarla con nosotros, situación que aprovecharíamos para sorprenderlos con nuestro matrimonio por la Iglesia, ya que nadie sabía que en mayo nos habíamos casado por el civil. 
Y me operaron. Se suponía que debían ponerme una prótesis provisoria de inmediato, pero no sucedió. Las alternativas quincenales fueron unas verdaderas burlas: Una prótesis era como de caricatura de yegua, la siguiente como del “guasón” y la última, como de “la máscara”.  Para salvaguardar mi dignidad, anduve con mascarilla por casi tres meses, justo cuando estaba la fiebre porcina de moda y la gente se me arrancaba, me dejaban el vagón del metro, el ascensor, las tiendas, todo para mí solita. Me daba la sensación de andar con una metralleta. Después de mucho pasarlo mal y estar muy malhumorada a diario, tomé la decisión de que mi marido me viera así no más en la casa, es decir, sin dientes, que es lo que habríamos hecho si se hubiera tratado de él. Muy feminista la solución y apropiada para relajar mi tensión y reforzar mi autoestima. En cuanto a la calle, ya cabreada con el calor de las mascarillas bajo 34º de temperatura, terminé por hacerme una prótesis por mi cuenta, para poder sobrevivir todo este tiempo.
Lo del local de Irarrázaval fracasó totalmente. La arrendataria se negó a salir del sitio y me dejó con los muebles crespos hechos. Mientras recibía disculpas por aquí y por allá, descubrí por qué había fracasado. Si lo hubiese comprado, no habría podido operarme y no sólo habría perdido la dentadura, sino los huesos de la cara y talvez, sin darme cuenta, hasta la vida. "¡Los dientes o la vida!"
Se me olvidó agregar el pequeño gran detalle, que poco antes de la operación me había reconciliado con mi hermana, con la que no me hablaba desde la muerte del papá, o sea, hacían como diez años. Con alguien teníamos que desquitarnos por la inminente partida…
Bueno, volviendo al tema, a penas pude acondicionarme una prótesis, decidí buscar otra forma de invertir lo poco de plata que me iba quedando y, muy decidida, me fui al centro y arrendé un local en una feria artesanal, donde los locales son lastimosos y el ambiente sombrío, pero donde también, experta en cachureos, vi maravillas con mi imaginación y mi sentir. Le pedí ayuda a mi hijo y lo acondicionamos muy lindo, como una tiendita de Providencia. Quedó precioso el local de dos por uno y medio. ¡De lujo! Toda la plata se fue en eso, el arriendo y la compra de algunos objetos de greda en Pomaire mismo.
Antes de volver al asunto de mis dientes en marzo y una vez superado un fuerte y muy grave problema con mi hijo,  decidimos inaugurar el negocio a toda prisa. Eso lo hicimos el viernes 26 de febrero a las siete de la tarde, con torta, regalos, improvisada expresión musical  por parte de una locataria violinista y mucha buena onda de todos hacia nosotros. Mi hermana recién reencontrada, jugó a la tiendita, vendió, atendió, rió y se recibió de excelente anfitriona. También asistieron amigos de afuera y quedamos todos felices. Mi hijo no pudo estar presente, porque debió volver urgentemente  a trabajar a San Fernando; mi hija tampoco pudo por estar de vacaciones en la playa;  mi mejor amiga por su trabajo y, para colmo, mi marido tuvo que irse antes por un asunto pendiente con su hijo.  Aún así, fue muy bonito.
Terminado todo, con mi marido llegamos por separado a la casa, los dos muy cansados dejamos las cosas desordenadas como nunca. Las cámaras fotográficas fuera de sus fundas, los anteojos por ahí encima y a la cama se ha dicho, sin bañarse y “empiluchos” (neologismo de la periodista Carolina Urrejola)
Pero no le tengo miedo a los temblores, nunca me muevo de la cama cuando tiembla, que por lo general en este piso 19º no se siente mucho. Mi cama mide como un metro de altura y por eso, aún no logro entender cómo,  a las tres y media de la madrugada del  27 de febrero 2010, estaba de pie y de la mano de mi marido, no sé donde, sintiendo que caían cosas en mi espalda en medio de la oscuridad y con los respectivos “¡crach, crach, brummh, crach!” por doquier. El movimiento nos botaba al suelo y no nos permitía estar abrazados, pero de repente, con la escasa luz de luna,  pude ver a mi marido y le dije que estuviera tranquilo, que a nosotros no nos iba a pasar nada. Y no nos pasó nada. Claro que nada si lo comparamos con aquellos que perdieron a sus seres queridos, sus casas y pertenencias básicas, sus recuerdos y documentos. Doy gracias porque mis padres, abuelos y tíos no tuvieron que pasar por esto, que realmente ha sido lo más fuerte que he vivido en mis varios años.
Cuando se calmaron un poco las réplicas, aún desnudos, nos pusimos a dormir sentados en el sofá, porque no pudimos entrar a las habitaciones. En la semioscuridad no se entendía nada de lo que había bajo nuestros pies, pero cuando llegó el día, nos dimos cuenta de que todos los muebles en altura, los que había hecho para tranquilidad de mi marido, se habían desmoronado con sus cosas adentro, bloqueando las entradas de cada pieza, incluyendo lo del pasillo. Ni siquiera las toallas se mantuvieron en los armarios. Todo escupido hacia afuera, del refrigerador, de los closets, de los revisteros... Solamente por la ventana del balcón, se pudo entrar un poco hacia el escritorio: En cada movimiento, mi marido se rompía los pies o las manos con vidrios ocultos entre libros, aceite de oliva y salsa de soya, cuyas botellas habían escapado de la despensa y hecho trizas al estrellarse en el suelo. Posteriormente logré salvar algunos de mis libros más valiosos, mientras que todos los antiguos cassettes y discos compactos, quedaran sin caparazón, incluso sin contenido. En fin, con esa incursión, se pudieron rescatar las cámaras fotográficas, los anteojos y documentos. Las cámaras con aceite, los anteojos rotos y los documentos inadecuados.
Cuando me puse a dormir para no pensar nada malo por no saber nada de mi hija, quien tiene terror a los “tsunamis”, mi amoroso marido levantó solito algunos de los muebles menos estropeados, tratando de dejar un poco despejado el camino y que yo no sufriera tan fuerte el impacto de la pérdida.
Tardamos dos días en salir del edificio, donde quedamos sin agua, sin luz, sin gas, sin Internet y sin ganas de bajar y luego subir los diecinueve pisos. Al día hábil siguiente, ya sabiendo que mi familia y amigos estaban bien, acudí a mi recién inaugurado local comercial, dispuesta a asumir las lógicas pérdidas de un negocio de greda (barro) No se quebró más que una pequeña cucharilla, todo lo demás intacto. Sin embargo, recibí una carta del dueño, pidiendo el abandono del lugar, considerando dos cosas: el peligro que corríamos sin posibilidad de indemnización y aparte, en compensación ofrecía una eventual mejora a las tienditas amenazadas (algunas ya agredidas) por una muralla de unos diez metros, que sin sustento estaba cayendo de a pedazos sobre ellas. No lo pensamos dos veces para obedecer, casi entre risas, porque cuando Dios no permite que me resulte algo, es porque me tiene reservado algo mejor. Estoy esperando aquello, con mucha esperanza y fe, porque le creo.
Sin embargo, seguidamente, volviendo a mi casa con mi hermana, recibimos la noticia de que mi hermano se encontraba en coma diabético y que estaba hospitalizado desde antes del terremoto. Cuando lo visitamos, ya había salido del coma, pero no me reconoció para nada. Incluso le inquietó mucho el que su número de teléfono móvil se lo dieran a esta "desconocida".
Por otro lado, mi marido demostraba con todas las de la ley, que había quedado traumatizado con el zangoloteo telúrico, demostrando con sus argumentos, que no le importaba perderlo todo con tal de salir de este sitio en el aire. No dormía por las noches, ni siquiera acostándose a altas horas de la madrugada. Ya no quería llegar a la casa, ya no quería tomar once en aquel balcón, que por ocho años nos ha seducido con su panorámica apertura hacia los atardeceres. Ya no se me ocurría cómo hacerle olvidar lo ocurrido. Especialmente, porque a una semana justa del terremoto, también a las tres y tanto de la madrugada, se incendió una industria frigorífica a los pies de nuestro edificio. Desperté con una explosión y la visión de una bola de fuego que cubría toda la ventana de nuestro dormitorio. Ahí sí que salté espantada gritando: “¡Mi amor, incendio, incendio!” Creyendo que era en el piso de abajo, como hace unos cuantos años.
Ya no había paz en nuestro hogar. Nuevamente pensé en qué podíamos hacer y se me ocurrió modificar un poco el departamento, la decoración, lo que pude, con tal de borrar todo lo que recordaba los hechos temblorosos, fogosos y mortales.  Mandé hacer de nuevo los muebles donde mi generoso casero, quien me otorgó muchas facilidades y regaloneo al tenérmelos listos de un día para otro. Ya habíamos celebrado el cumpleaños de René con los cambios de ornamentación. Luego vino el mío con los cambios de muebles y todo puesto en su lugar, absolutamente renovado. Acá no ha pasado nada. Cabe señalar, que motivé tras muchos años, a que mi marido me invitara a salir a comer afuera. Visitamos un pequeño restaurante, cercano a la universidad donde nos conocimos y donde le di el ultimátum para que fuéramos más que compañeros de facultad.
Mientras ocurrían todas estas cosas, curiosamente avanzaba el tiempo y con ello, también se aproximaba la fecha de mi nueva operación dental, con la que me dejarían nuevamente desdentada y de implantes a la vista, listos para la rehabilitación "sonrisativa". Considerando aquello, más lo ocurrido, lo perdido y lo postergado, le propuse a mi marido, que aprovechando las circunstancias de pobreza por doquier, qué tal si celebrábamos nuestro matrimonio religioso en forma sencilla, ya ya ya, es decir, el sábado siguiente. Estuvo de acuerdo y el pastor de la iglesia también. En el salón de eventos del edificio ya no se podía hacer, porque debía ser reservado con dos terremotos de anticipación, así que aquella posibilidad... ¡Fuera! Muy ejecutivos, decidimos invitar a nuestros amigos y familiares a una ceremonia en la vía pública, exactamente en el Parque Los Reyes, el mismo que vemos desde arriba, desde este piso 19º y a donde la gente ni amarrada subiría a celebrar con nosotros. Mas, habiendo aceptado todos, nos casamos sin reservas de ninguna especie, el recientemente pasado sábado 27 de marzo, a un mes del terremoto bicentenario.
Nuestro matrimonio fue hermoso, emocionante, romántico y perfecto. Empezamos en el atardecer y terminamos bajo la luz de la luna en armonía con los que no temieron la oscuridad. Esa noche de bodas dormiríamos afuera, sin embargo, mi corazón (el músculo cardíaco) se resistió de correr el riesgo de detenerse en un lugar público, por lo que me obligó a quedarme en casa tratando de dormir, a pesar de sus intensos, desordenados y permanentes golpeteos asfixiantes, los cuales me han llevado a consultar con un especialista. A priori, el examen no arroja cicatrices de infarto y además, ya me siento un poco mejor. He tomado hierbas sedantes intentando hacer curas de sueño, mientras espero que el cardiólogo  pueda atenderme recién a mediados de abril.   
Para terminar, me pregunto... 
¿Será que en este último tiempo habré vivido alguna situación de estrés, que me tiene de este modo? Porque insisto, a los temblores no les tengo miedo.
Primavera Silva Monge
3 de abril 2010
Fotografías en:

No hay comentarios: