Mi mejor parto
Muchas desventajas, dicen, tienen los hijos del medio. No hay una característica formal que los haga diferentes. No son el mayor, no son el menor y a veces no son la niña o el niño, ni el enfermito o el especial. Solamente es el del medio y punto. No recibe los mismos cuidados temerosos como hacia el primer hijo, ni las extrapoladas atenciones como al más chico, a la guagua o al conchito de la familia. Espero que mi hijo del medio no haya sufrido mucho con eso, entre otras cosas, porque hasta el día de sus treinta y siete años, (2013=41) aún no había relatado el parto que lo trajo al mundo. Suele suceder con las cosas buenas, que no marcan tanto como las complicadas. Pero algo podemos hacer, ya que estoy aproximándome al horno que imprimirá mi libro de crónicas urbanas y por nada quisiera dejarlo afuera.
Hagamos memoria:
Para el control de su embarazo, busqué al mismo médico que se compadeció de mí, cuando en mi primer parto fui lisa y llanamente abandonada. Ya no era ningún caso extraordinario, no llevaba problema alguno, era la segunda guagua, así que nada me asustaba ya. No iba y venía creyendo cosas que no eran como la primera vez. El médico era muy distinguido y gentil. Una vez al mes, me hacía un pronóstico y controlaba que todo anduviera conforme. Se logró un desarrollo perfecto, ausente de náuseas y vómitos, con lo que me pareció que los meses pasaron volando.
Los trámites de rigor: La ropa de guagua ya estaba bordada con anagramas, mis vestidos maternales adaptables para el post, mi mamá confirmaba sus cuidados para mi hijo “mayor” y reservamos el cupo de recepción en la misma clínica que la vez anterior.
En aquella época, aún no se podía saber si tendríamos niño o niña, pero con mi marido añorábamos que fuera niño para hacer un par fuerte de protección a la pequeña niña que pensábamos tener más adelante.
Levemente comencé a tener los síntomas en un día un poco helado para estar tan próximo el verano. Todavía recuerdo ese vestido celeste de jersey estampado tan fino, que me hice para ese día en que nos presentamos en la clínica con maleta en mano y con un avanzado trabajo de parto, no precisamente en la mano. Pregunté por el médico, con el que dialogamos lo suficiente antes de que me explicara con mucha cautela y bastante desparpajo, que debería buscar otro médico para asistir mi parto, porque la clínica se había reservado el derecho de no volver a recibirme debido a los escándalos de la vez anterior y él, solamente atendía allí. Así que… “lo siento mucho, hasta aquí llegó mi pega y si te he visto no me acuerdo.”
¡Sí! Efectivamente, la gente era muy abusadora en esos tiempos en que nadie se quejaba. Especialmente con niños como nosotros, como castigándonos por andar metidos en “cosas de grandes”.
Bueno, me quedé impresionadísima, con la boca abierta y llorando por el golpe en la guata de mi dignidad. Ahora sé, que mi sentir era discriminación. ¿Y por qué discriminada? Por haber gritado durante todo el primer parto, contagiando de paso a las otras parturientas, que se abonaron con inmediatez al coro de lamentos y durante el cual, hasta unas cachetadas me llegaron por dirigir mal.
¡Menos mal que éste era un relato buenito…! ¡Pucha que eran abusadores! Ya casi se me había borrado esta anécdota.
Bueno, el pelotudo del médico, para que yo dejara de asustar a la gente con mi lloro, que era tan feo como su actitud, cual limosna me tiró “un datito” de un lugar donde atendían “padre e hijo”, que además estaba por ahí cerquita en Providencia. Que fuera a ver, porque ahí donde estábamos... cero posibilidades. Así me lo confirmó el directorio completo, que de uno en uno trató de convencerme para que me fuera de una buena vez. ¡Oh, cielos, que horror, Leoncio! (Leoncio el León y Tristón) Se me llega a caer el pelo recordarlo.
Una vez enjugadas mis lágrimas de niñita y bien convencida de que ahí NO ME RECIBIRÍAN, a regañadientes fuimos a ver “la picá” que nos habían recomendado. Íbamos recelosos, predispuestos a sorprendernos malamente, dispuestos para volver y hacer algo para defender nuestro derecho a tener la guagua donde quisiéramos. Para apegarme a la verdad, no conocíamos otra clínica para clase media, solamente algunas para ricos donde parían mis cuñadas y que yo no podía imaginar siquiera, que se pudieran pagar con el sueldo de mi marido de la época. Así que ya con unos cuantos centímetros de dilatación en mi trabajo de parto aristotélico, llegamos al lugar y levantamos la cabeza alto, alto para ver completamente el tremendo edificio donde funcionaba la famosísima Clínica Las Lilas, que pertenecía al doctor Vieira y familia. ¡Ahí era!
¡Vaya, vaya! ¡Cómo no creer en las jugarretas de Dios! Algo tan malo y humillante tuvo que suceder para llegar a encontrarme con el doctor que más tarde me salvara la vida.
Esos eran los famosos médicos “padre e hijo”: El padre, mi médico adorado y el hijo, su sucesor que aún atiende a mi hija. El doctor Vieira me recibió, me revisó, habló por aquí y por allá, de repente me pusieron una mascarilla que me hacía sentir ahogada y…
.............zzzzzzzzzzzzzzzz............
Desde ahí no recuerdo más. Solamente ciertas alucinaciones producto del éter: Una caricatura como la Mafalda, que en esa época aún no era conocida en Chile, presentada en tiras en blanco y negro que me hacían reír bastante. También escuché música, que me requete juraron, jamás hubo en el pabellón. Recuerdo que cada vez que volvía del cloroformo, me llevaba las manos por ahí abajo, donde sentía el dolor, decía muchos garabatos por lo mismo y volvía a dormirme…
Eso me dijo la matrona. Yo no lo recuerdo y "casi" no lo creo.
Respecto a la música, durante todo el parto escuché incesantemente: “parole, parole, parole”. Traduzco: “palabras, palabras, palabras”, una canción italiana que aún no escribían y que mi subconsciente captó completita aprovechando el relajo de su estado de alerta.
En realidad, este parto estuvo lleno de señales y cosas mágicas. Cosas que recién hoy puedo interpretar. Por un lado, me indica que mi hijo es bueno con las palabras (paroles) lo que en otros términos, puedo expresar como: engrupidor, seductor y fascinante con sus historias siempre inéditas.
Sin duda, pasaron muchas horas antes de que yo despertara de mi sueño terapéuticamente inducido. Cuando desperté, pregunté lo lógico: "Mi guagua. ¿Qué es?" Me dirigí a mi marido con la misma pregunta, pero tampoco había visto al hace rato nacido. De tal manera, ya llegaba la noche de ese seis de diciembre 1972 y aún no tenía información ni había podido conocer a mi hijo. Esa noche no pude dormir enredada entre miles de conjeturas: Si habría nacido muerto, si acaso me robaron la guagua, si sería deforme… A puro llanto (léase gritos mezclados con bramidos) conseguí que nos presentaran al día siguiente de su nacimiento: "Marcelo, tu mamá. Primavera, tu hijo Marcelo, el del medio". Cuando por fin con mi marido pudimos verlo, fue un tremendo shock para ambos.
Aquel cónyuge mío, era extremadamente celoso e imaginativo de cosas oscuras y siniestras. Un fiel discípulo del Dr. Mortis. Con ello, más su eterna y enfermiza duda, asoció lo que veía con un drama digno de Shakespeare: Se daba el caso, que él tenía un cuñado que procreaba niños pelirrojos. Pues bien, mi hijo del medio nació pelirrojo y con un aspecto (sin exagerar) de guagua de tres meses: Ya criadito, blanquito, precioso con su color de pelo que atrapaba sus rulos de guagua. ¡Un muñeco!
Veo que siempre ha sido lindo este chiquillo.
Otra señal que me otorgaba este parto, se refiere a que en la vida posterior, también he tardado en conocer a mi hijo, igual que al principio.
Todo esto me ha dejado una gran enseñanza: Cada parto viene con señales incluidas y se debería estar atento para poder interpretarlas a tiempo.
Y pasó por un zapatito roto, para que mañana les cuente otro.
Primavera Silva Monge
No hay comentarios:
Publicar un comentario