Rosenda Osorio Ureta
Abuelita…. Abuelita…
¡Cómo la extraño!
Este día de finales de otoño, que más parece primavera, ha tenido coloridos y aromas que me han recordado insistentemente su persona. Aquella abuelita tan presente en mi niñez hasta el día de mi primer matrimonio, última vez que la vi, pues se fue de este mundo sin avisarme... mientras yo andaba en mi maldita “luna de miel”.
El color que da el sol sobre las casas antiguas, las flores confundidas con el extraño clima, que lucen bellas, pero aún sin aromas que trasciendan… Objetos tipo “rococó” que abundan en las tiendas chinas por donde anduve hoy… todo me recuerda el amor y su grata compañía. Fue muy agradable volver a pasear con usted, abuelita amada, solamente faltaron las pastillas de violeta en nuestras bocas, que nos otorgaban dulces fragancias en nuestras caminatas vespertinas… tan antaño, que no lo puedo creer. Verdaderamente, el tiempo pasa volando cuando uno es adulto. Se corre casi contra reloj para lograr objetivos que de niño, uno los logra en un abrir y cerrar de ojos y luego se procede a aburrirse.
Cada vez que me siento orgullosa de mis pequeñas obras de artesanía, cada vez que me encanta como decoro mi casa, la recuerdo con infinito amor, porque de usted aprendí mucho de esto y mi cuota genética está feliz de agradar a mi tercer esposo… ¡Quién lo dijera, abuelita! Tres maridos en mi vida… casi indecorosa... pero por fin soy feliz.
Casi no recuerdo su cara, las fotos no me ayudan tampoco, sin embargo, su significado en mi vida de niña no lo extirpa nadie. Saberse importante para alguna persona dentro de esa inmensa familia llena de niños... es invaluable. Que me enseñara a coser, a tejer, a cocinar, a decorar, a ordenar reciclados y lucirlos como oro… ¡Ay, abuelita! ¡Cuánto la añoro! Las revistas de decoración que mi familia me regala de vez en cuando… son toda usted. Las presentaciones en fotografías son incluso pobres al lado de su sin par capacidad de sortear el arte, manipulándolo como si fuera barro y usted una diosa. Según contaba mi papá, remontándose más atrás de mi existencia, usted convertía cualquier sucucho, cualquier casa, incluso en barrios de dudosa reputación, en verdaderos palacios. Que además, con sus bordados, dedicación y finura también vistió a mis hermanos mayores como a príncipes. Disfruto mucho de su maravillosa herencia que siento pasar por mis venas, lugar donde nadie me la podrá disputar jamás.
Por todo ese amor que me regaló, por esas horas de vigilia y de entretenimiento, por todos los caramelos guardados, por dejarme jugar con sus tacones, por cuidarme, por protegerme, por vestirme, por alimentarme, por las preciosas cunas para mis muñecas, por sus abrazos de atardeceres y por haberme mirado aunque ya no me veía, antes de partir a la iglesia con mi traje de novia y antes de separarnos para siempr, sin saberlo… Pero por suerte, de los “parasiempres” terrenales… Gracias abuelita. Esté donde esté, que sea feliz. Espero encontrarla de nuevo en algún lugar del universo, para quererla más de lo que la quise y quiero, para mimarla más de lo permitido y para manifestarme amorosamente, también mucho más de lo que se estilaba entonces, que era bastante frío comparado con los tiempos actuales ¡Doy gracias a Dios por haber tenido a mi abuelita Rosenda y haber podido honrarla usando su hermoso nombre (Valle de Rosas) en uno de mis hijos.
Un gran abrazo cariñoso, calentito, durable... de su nieta menor, que la adora por siempre.
Primavera Silva Monge
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