miércoles, 23 de marzo de 2016

Se me escapó una idea

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Desde el día en que leí que Thomas Edison, poco antes de su muerte, aseguraba que las ideas vienen del espacio, he sido más que cuidadosa respecto al tema.
Cada vez que acude a mi mente una idea cuya realización deduzco no estará en mis manos, la recibo agradecida, la acaricio y suelto, cual paloma de la paz, para que otra mente abierta la reciba y ejecute.
De esta manera he visto con admiración y, por qué no decirlo, hasta con envidia como se han concretado brillantes ideas que alguna vez tuve el orgullo de masticar con mi propia mente y que no enumero sólo por seguir disfrutando del anonimato.
Así, he llegado a creer que una idea puede habitar simultáneamente en varias cabecitas receptoras y éstas, tomarlas o dejarlas a antojo, creando de esta manera, confusiones tales, como el haber tenido que definir arbitrariamente al pionero en la invención del teléfono, entre Graham Bell, Antonio Meucci y otros*.
Ajena a estos conocimientos, infantilmente solía imaginar que al retener una buena idea sin desarrollar, detenía con ello al mismísimo progreso. Luego, observé algo muy curioso en todo este cuento y es que ideas nobles, que por motivos diversos no he podido efectuar, al hacerlas realidad otras personas, cambian la nobleza por usufructo comercial. Aún más, cuando las ideas son piadosas, por más que las soplo para que lleguen a genios con mejores ingresos económicos, nadie las recibe. Es como si las mentes de aquellos tuvieran un discriminador financiero, que cuando la idea parece tener  carácter limosnero, se les cierra automáticamente la puerta del intelecto.
Considerando esta clara autonomía de dirección y asentamiento de las ideas, sería bueno estar prevenidos y no andar teniéndolas por ahí, como Pedro por su casa, corriendo el riesgo de que las roben, transfiguren o simplemente... ¡Se escapen!

Primavera Silva Monge (1995)
*Phillip Reis, E. Grey, Hughes, Bert, D’Arsonval, Edison

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