miércoles, 23 de marzo de 2016

Ser mamá, de dulce y agrás.

(Todas hemos queridos ser buenas)
He sabido de muchas madres, que con lágrimas han consultado cuál será la razón por la cual, la mayoría de los hijos adolescentes solamente recordaban las cosas malas de la vida pasada con ellas, haciendo parecer como inexistentes aquellos bellos recuerdos, que se conservaban como tesoros, acerca de sus niñeces. Los hijos no saben -se quejan- que no es fácil soportar esta especie de injusticia respecto a las memorias. Tampoco sabían estas madres, que en realidad no se trata de mala intención ni de mala memoria, sino solamente de una selección de recuerdos que hace la mente inconsciente  y que se refiere solamente a lo que produce impacto.
Me explico mejor: Por lo general la vida debe ser grata, eso es lo normal y no marca, solamente es y punto. Tal ocurre cuando se ve el sol cada día de verano sin que llame la atención ni cause anotaciones en la agenda para recordarlo. Sin embargo, si en ese mismo verano llueve a cántaros, eso no se olvidará jamás. Así ocurre con las vivencias de la niñez y la adolescencia. Trescientos sesenta días de normalidad anual no se registran en detalle, es más, pasan inadvertidos. Pero, si en los cinco días restantes que componen el año, ocurriera un hecho con características traumatizantes como una muerte, un accidente, un agravio, un asalto, un abandono, un terremoto, etc. este hecho sí marcaría la memoria como con fierro candente.
Yo misma recuerdo lo mal que lo pasaba porque mis hijos no recordaban nada de lo bueno que yo hice cuando eran chicos. Por ejemplo, dentro de los nombrados 360 días asistía a cuanta reunión, celebración o citación, que hubiera de parte de los colegios, con los correspondientes disfraces, donaciones, participaciones, rescates, traslados, ánimos, aplausos, quejas, defensas, etc. ¿Recordarían alguno de aquellos días? Imposible, memoria llena. Pareciera que dejaban espacio solamente para “en caso que” la mamá fallara.  Así ocurrió, que la única vez que no pude ir a un acto, sea cual sea la razón, se me reprochó por años en cada junta con los hijos hasta que me operé corcheteando para siempre mi enorme sensibilidad.
Según lo largamente investigado, ocurre con la mayoría de los adolescentes, que a medida que crecen, van legitimando sus quejas proporcionalmente con sus edades. En mi caso, las reuniones familiares terminaban casi siempre con penitas y lágrimas, que indiscretamente mojaban mi pecho otrora orgulloso, hoy humillado por la falta de benevolencia al recordar. Siempre sentí que merecía otros recuerdos más generosos y no solamente acerca de los castigos y restricciones, especialmente, porque consideraba que había sido una mamá, aparte de joven, simpática,  juguetona, cariñosa y especialmente bien presente y protectora. Hasta cuando tenía pololos (novios) iba con mis hijos de la mano y jamás me quedé fuera de la casa mientras vivieron conmigo, excepto UNA noche de luna de miel. Para mí, lo más importante era que me resultaba fácil ser de aquella manera, porque me lo había propuesto desde el principio para compensar varias carencias, tales como la ausencia de su padre, las propias falencias de mi niñez y otras más. Me mantuve con las herramientas de fábrica, pues no sabía, no tenía conocimientos de cómo ser una buena mamá, funcionaba a pura intuición y sentía que las había usado correctamente. Entonces…  ¿Por qué? ¿Por qué me pasaba esto a mí?
Desde el cielo virtual surgió el santo Internet y con él fui descubriendo, que no era solamente a mí a quien sucedían estas cosas, sino a muchas de las madres que se me acercaron a consultar. Investigué e investigué sin cansancio, hasta descubrir aquello con lo que he comenzado el presente artículo: la recordación discriminatoria. De pasadita, aproveché de ver la vara en mi propio ojo, reconociendo que lo mismo me pasaba con mi mamá, incluso hasta hace pocos días. Pero quise rectificar haciéndome el firme propósito de recordar sus cosas buenas. Pasé varios días intentándolo y pese a que mi hermana insistía en que mi mamá había sido muy maternal conmigo, el recuerdo no era compartido. No lograba obtener imágenes nítidas o limpias de asperezas, pues la mente dura, dura como la dueña, no me arrojaba ni siquiera un escupitajo de buenas memorias. ¿Por qué sucedía esto si mi madre era una mamá buena? ¡Justamente por eso! La mayor parte de las cosas vividas con ella eran normales, no traumatizantes, no esencialmente recordables. Tal como el agua que corre por un río, mansa... dulce, refrescante. ¡Ah, pero sí había recuerdos malos y porfiados como los salmones nadando contra la corriente del mismo río!  Por suerte ella ya no está para hacerla sufrir por causa de mi porfiada y antojadiza memoria… ¡Y eso que no soy adolescente! (sino un poco más grande).
Por todas partes empecé a ver cosas que tuvieran que ver con la maternidad y me encontré con un cuento repetido en las noticias de cada año: el cambio de guaguas (bebés) recién nacidos dentro de centros hospitalarios públicos y privados. Me he emocionado hasta las lágrimas, no por los casos en sí, que ya llega a ser majaderamente repetido, sino que algo se removió dentro de mí. Como si algunos buenos recuerdos pugnaran por brotar desde mi corazón amente. A días de haberse cumplido cien años del natalicio de mi madre, reconocí con profundo dolor la tremenda injusticia de mi falta de buenos recuerdos. Descubrí que aquellos malos, aunque traumatizantes, eran conciliadores al haber estado ella a mi lado. De tal manera, he descubierto por mí misma y no por lo aprendido, cómo recordar los sucesos buenos con mi madre: Asociándolos a los malos, donde siempre estaba presente para neutralizar los espasmos de la vida misma, sosegándolos y mitigándolos sin fatiga…. ¡Para que después uno no recuerde ni una pera! 
Con esta recién descubierta técnica afloraron de golpe varios recuerdos, de los cuales relataré un par para recordarla con reciprocidad a la ternura, que aún respetando mi sentir, mi hermana asegura recibí a manos llenas.

Una cicatriz sin marca
Aquella vez, por alguna razón las mujeres de la casa se quedaron puertas adentro mientras los hombres debieron llevar a pasear a los más pequeños de la familia: mis pequeñas sobrinas y mi bella personita, que ya tenía siete años de grande. Los incorregibles adultos parlanchines, debieron haber enganchado con una conversación muy profunda, que les permitió un grave descuido. Mis sobrinas tenían entre uno y dos años de edad y ya en el parque, me hice cargo de ellas dentro del arenal de los juegos. Con dificultad subí a la más pequeña en uno de aquellos columpios tipo jaulita y, mientras por el frente buscaba otro para la mayor, una persona en demasía irresponsable bajó a la niña ya ubicada, pensando quizás que alguien la había dejado “olvidada” en el corralito. Al ver esto con mi agudo ojo de cuidadora, que me ha acompañado de por vida, inmediatamente y casi arrastrando cual muñeca de trapo a la otra niña, corrí ciegamente hacia la guagua que peligrosamente quedó andando entre los columpios en movimiento y de pronto… ¡Pum! ...con toda la fuerza de un columpio cargado, recibí el azote en pleno rostro de niñita, que sentí crecer cual nariz del Pinocho mentiroso. El chichón terminó por abrirse como una flor, dando paso a una vertiente de sangre fresca. Con mi pequeña manita derecha, lo recuerdo bien, tomé a mis dos sobrinitas a la vez, mientras con la otra, recuerdo que “sujetaba” mi carita, que parecía caerse a pedazos con cada paso lento, que valientemente daba hacia la plazoleta donde mi papá y mi cuñado aún hablaban sin parar, hasta que de pronto nos vieron manchadas de sangre y hasta ahí recuerdo el paseo. Lo siguiente fue despertar, ya en la casa y bajo los cuidados de mi mamá, que me observaba con su hermosa sonrisa, haciéndome el cariño que yo necesitaba. Cuando al tiempo pude levantarme y, hasta curarme totalmente, estuvo llevándome a diario a un laboratorio cuyas características no recuerdo, donde me aplicaban aceite de placenta humana y algo más, para evitar que una eventual cicatriz acusara recuerdos ingratos en mi futuro. ¡Y no me quedó ni una sola marca!
Retención precoz.
Recién cumplidos los dieciséis años, como ya he contado, parí a mi primer hijo, siendo éste un suceso marcado por las circunstancias negativas cuyo colmo lo selló la antiguamente famosa clínica Victoria Rousseau. En ausencia de mi marido, que tardaba en llegar a recibir mi alta, el rudo personal me sacó de la habitación de muy mala manera y por si eso fuera poco, como para castigarme por la tardanza, me arrebataron al niño recién nacido, reteniéndolo en una sala con llave… no fuera a ser cosa que él y yo nos arrancáramos sin pagar.  Mi guagua lloraba sin parar y entre el río de mi  llanto y la catarata de mi leche materna que caía al suelo muy lejos de él, dificultosamente pude transmitir a mi mamá lo que me estaba sucediendo. Pero al otro lado del teléfono no fueron necesarios los detalles, pues percibiendo mi dolor, hizo llegar su protección de súper mamá a los pocos minutos. Una vez a mi lado, alegó lo pertinente y rescató a mi niño para que lo amamantara mientras consiguió que me trasladaran a un lugar más adecuado para que esperara la llegada de mi marido y saneara el pago correspondiente. Nadie habría entendido mejor mi pena como mi madre, que hizo notar ampliamente la criminalidad de los actos…  Aunque como consecuencia tuve un doloroso post parto y el cese de la leche materna… lamentablemente, por esos años no se estilaba demandar por falta de servicios o daños morales. Eso nos marcó para siempre, para siempre.  Si no hubiese llegado mi mamá… creo que habría muerto de tanto llorar… ¡Era muy niñita todavía!
Bueno, no quisiera aburrir al lector relatando más aventuras entre mi madre y yo, pero con el ejercicio descrito más arriba, afortunadamente he logrado recordar infinidad de sucesos amargos, resarcidos dulcemente por mi mamá, convirtiéndolos en recuerdos gratos, no traumatizantes, no fáciles de recordar.
Primavera Silva Monge
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