A un año de nuestro matrimonio
Hace un tiempo, en la televisión daban un programa que trataba de gente que quería casarse, después de haber postergado el asunto por diversas razones. Se suponía que mediante el programa, se realizaría un sueño muy deseado, sin embargo, lo que mostraban en común, era un verdadero caos, que no habría aceptado jamás para mi caso. Lo que mostraban estaba muy lejos de ser deseable. Y no me refiero a las situaciones de pobreza económica, que por lo general denotaban las familias, sino a la falta de información y de certeza en lo que se estaba cometiendo. La ropa, la comida, los anillos y los vehículos, parecían el tema central. Si Dios estaría o no presente; si la armonía sería una señal auspiciosa para los novios; si la salud primaría sobre los otros aspectos o si acaso la unión de almas estaría por sobre los anillos, que –dicho sea de paso- nunca se sabía quién los tenía ni donde estaban… Nada parecía otorgar importancia a lo central.
Estos programas, me parecieron siempre como pesadillas indignas de imitar. ¿Por qué, el día más importante de la vida de esas personas, debía ser un escándalo, una locura, un sacrificio económico y de otra índole semejante? Con todo, agradezco el haber conocido el programa, porque tanta miseria de organización, me remarcó que jamás habría hecho lo que ellos hacían. Afortunadamente, mi marido y yo tenemos acuerdos serios y respetables. Siempre pensamos en que la boda fuera sin gastos inútiles, sin neurosis, protocolos innecesarios o sin sentido. Eso sí, con mucha armonía y alegría, tratando de estar cien por ciento conscientes de lo que haríamos.
Mucho antes del Terremoto Bicentenario de Chile, cuando hablábamos de casarnos, planeábamos hacerlo en la playa, en el campo, etc. Pero como casi nadie en la familia cercana tenía auto, no era buena idea por el gasto que nos significaba a todos. Arrendar lugares, vehículos y otras cosas, equivalía a un desprendimiento económico tal, que no se justificaba principalmente, porque no siendo de la realeza, aristocracia o farándula alguna, asimismo no teníamos a nadie a quien impresionar. La mitad de nuestra familia son niños y los adultos, personas sencillas. Además, nosotros somos responsables y organizados con nuestro presupuesto, lo que no significa ser mezquinos, sino conscientes de las verdaderas necesidades familiares y sociales en general.
Con todo, pareció que el terremoto colaboró para que lográramos la comprensión de nuestros personales deseos respecto a nuestro matrimonio eclesiástico. Originalmente, éste se realizaría en el domicilio de los contrayentes, pero nadie quiso siquiera imaginarse subiendo a celebrar a un piso 19, que se debatía entre réplica y réplica, donde el reciente terremoto rompiera todo lo movible y susceptible de emitir ruidos escalofriantes. Siendo que la situación post telúrica de medio Chile obligara a mucha gente a pernoctar en las calles a falta de techo, el que nuestro plan final tuviera severas variaciones, tales como trasladar el lugar de la ceremonia a plena vía pública, ya no parecería un hecho tan disparatado. Así fue que elegimos el parque que rodea nuestro hogar. Invitamos a nuestra familia, un representante de cada hito social y… ¡A pasarlo bien se ha dicho! Nos emocionamos y divertimos mucho, invadiéndonos la tranquilidad de haber hecho bien las cosas, dadas las circunstancias de precariedad nacional, sin llegar a cansarnos, neurotizarnos o endeudarnos. Fuimos felicitados por nuestros hijos, nietos, amigos y nosotros mismos, conscientes del gran paso que habíamos dado.
De lo único que me arrepiento de aquellos días, es de haber comido, durante todo un mes de réplicas, tanto chocolate, helado y crema anti estrés telúrico, que no me favoreció para nada la salud ni las fotografías.(pinchar la palabra celeste para ver las fotos)
Primavera Silva Monge
No hay comentarios:
Publicar un comentario