miércoles, 23 de marzo de 2016

Su Majestad la carta


¡Que lindo el color naranja! No sé, es fresco, luminoso, alegre... ¿O sólo es sugestión proveniente del "chirimoya alegre"? No importa, total, no es de eso de lo que voy a hablar.
   Hoy quiero hablar de la carta. La carta de correos, de correspondencia, de buzón, de mano, de pluma. De esa carta cuya espera es más abrumadora que el envío infructuoso.
 Mi corta niñez estuvo marcada por las cartas. Las anécdotas de la familia eran en torno a las cartas. Me enamoré mediante cartas, me fueron infiel por carta, enamoré familias enteras con cartas... Se sabe de la historia popular mediante las secretas, privadas y clandestinas cartas. Se aclaran crímenes mediante cartas... Se hacen deducciones a través de ellas... ¡Que poder, carajo! Llega a dar susto escribirlas. ¡Cuántas cartas he escrito! ¡Cuántas cartas recibidas! Por suerte, para mi secreto de sumario, los hombres suelen no ser muy románticos pero sí previsores en el ítem carta y las botan bien rotas o quemadas. No como una, toda una mujer, las guarda, las guarda y las guarda. Sin duda, aquella linda canción de Nino Bravo fue compuesta por una mujer que sabía muy bien de esta guarda infructuosa que se torna amarilla sin ictericia.
 (De hecho, una de mis novelas tiene que ver con cartas y es para mayores)
 Me vienen a la mente tantos sucesos juntos, que al final no sé cual de todos contar. ¿Los que me duelen, con los que hice doler, con los que hice feliz, con los que me hicieron feliz?
 Bueno, vamos dándole al cuento:
 Una vez, tras quince años, me reencontré con un hombre que me amó demasiado y a quien no pude corresponder por los antojos del señor amor. Sin saber qué decir en el encuentro, toda nerviosa le dije: "Aún tengo guardadas sus cartas" (¡Que tonta!) A lo que él con toda lógica respondió: "Pues, bótelas".
 ¡Huy! Eso dolió en el amor propio. Un poco, pero dolió. Más que mal, fui yo quien hizo infructuosos sus intentos de conquistarme, aunque igual me agradaba leer sus cartas. Si hubiésemos quedado en eso... O hubiese vivido fuera del país....  mmm.
 Bueno, y así fue que mucho antes de aquel chasco, una vez, también por correspondencia conocí a un brasileño. Unas cartas preciosas, maravillosas. El tipo era muy sanito. Poco a poco, de la amistad pasó al enamoramiento. De hablarme de él, a hablarme de toda su familia. De hablar de su país a viajar a conocerme. De las fotos de mis hijos a las fotos de su familia. De las cartas suyas a las cartas de un numerosos grupo familiar. Todos felices con la relación,  hasta que... increíblemente, en su nombre, los padres me propusieron matrimonio. Para qué les digo...  ¡Me dio un suuuusto...!!! ... que casi me morí. Me imaginé secuestrada en país extranjero, robados mis hijos, violada por familias mafiosas... ¡Huy! ¡Qué no pasó por mi cabeza! Cuando dejé de temblar, más o menos a los dos meses, respondí algo así como que yo no había dado cabida para que toda una familia considerara un futuro en torno a mi propio núcleo consanguíneo y que de paso, daba por terminado nuestro vínculo amistoso. Sentí como los maté a todos, pero como ya había dejado de ser masoquista, no leí las respuestas. Debo explicar a los jóvenes que lean el presente, que antiguamente, más o menos por los años 70, desde que se echaba una carta al buzón hasta que llegaba respuesta, podían pasar entre 15 y 20 días. Eso mataba y a veces ayudaba. De tal modo que nunca supe de las verdaderas  intenciones de esa familia. En todo caso, eso dejó de ser novedad para mí, pues solía sucederme aquello de enamorar familias completas... Ni idea del porqué. (Pero ya me curé de ese mal, ya que ni mi futuro cuñado ni el equivalente en suegra me tienen buena voluntad)
 Otra bonita anécdota fue, por los mismos años 70, conocer a una mujer argentina cincuentona... (¿Y...???) ...cuando yo sólo tenía 23 añitos. Las circunstancias en que la conocí las guardaré para otra  anécdota, pero lo que quiero destacar, es esa férrea amistad bajo compromiso, de escribirnos por siempre para contarnos nuestras cosas. Casi veinticinco años de amistad por papel por su "personal siempre". Bonito. Fuerte.  
 En otra oportunidad, lloraba por cartas a un novio lejano (para mantener la ilusión) "No tengo tiempo" acusaba el desdichado, mientras a mi correo, llegaban cartas para su amante. El error, su costumbre de poner mi dirección en los sobres anteriores. Terminamos. ¡Jajaja!
 El matrimonio de mi madre en Chile, con mi padre en Estados Unidos, se mantuvo por cartas kilométricas. Bueno, no exageremos... eran cartas como de 5 a 6 metros. Las escribía en papel sin cortar, color celeste oscuro, de los aparatos de teletipo, posteriores a los cablegramas como le llamaban a lo que dejó de lado a los telegramas, que a su vez dejaron de lado los mensajes en Morse y antes, las señales de humo.
 Y a propósito de "sin cortar", jugando a lo mismo y por carecer de aparatos de cable o telex en casa, un día de vacaciones se me ocurrió escribirle un rollo de papel higiénico a una amiga que andaba en la playa. Fue muy divertido hasta que a la vuelta del colegio, ella la llevó para lucirla con nuestras otras amigas y me llegó. Cayó toda la fuerza de la ley del colegio católico sobre mi ilustre cabeza y me echaron del establecimiento. Hoy, por lo menos habría podido tirarle un jarro de agua a la disgustada directora para desahogarme de la incongruencia y la falta de oído para la lógica y el razonamiento. ¡@%&$!
 Otra anécdota que me viene a la cabeza, es que mis hermanos mayores, para procurar dinero para un día de la madre o algo así, decidieron vender unos papeles inservibles que habían en el sótano y que iban encantando a quienes los leían. Contenían toda la pasión desenfrenada que tuvieron mis padres y que les hizo casarse al mes de haberse conocido. Fue más que pan caliente.
 De las cartas al Viejito Pascuero (Santa Klaus) mejor ni hablo. A los 6 años ya me habían defraudado mis hermanos, despertándome aquella ingrata Navidad, justo cuando... ya saben. De tal manera, que por ser vacas tampoco volvieron a saber de regalitos del lindo personaje "in red". 
 Primavera Silva Monge 

La carta (bolero "escríbeme" de Javier Solis)

No hay comentarios: