miércoles, 23 de marzo de 2016

Incubadora de Piel

Casi desde los siete meses comencé a tener los síntomas de parto. Mis cuñadas decían que era normal y con guiño malicioso aseguraban que sus hijos también habían sido sietemesinos.

El caso era que yo no me había casado presionada en ese sentido y por esa razón debían sujetarme el niño con tan dolorosas inyecciones, molestosos supositorios y aburridoras indicaciones de reposo absoluto. Era un verdadero fastidio. Iba y venía casi todas las noches creyendo que era el momento, pero no.

Como no hay mal que dure demasiado, llegó el gran día cuyos preparativos, en aquella época, no tenían nada de grandioso: lavativas, dolores, pujos, vómitos... Todo al mismo tiempo! Estaban algo atrasados con los efectos especiales...

De pronto, mi pilar psicológico salió de escena y quedé abrumadamente a solas con unas mujeres vestidas de blanco publicitario, en grotesca mezcla de monja con gendarme. Éstas me  ofrecieron variados suvenires, entre los cuales figuraron miradas de odio, de no te aguanto más y  ¡PAF! Unos palmetazos envueltos en aroma de desinfectante. 

Entre toda la zafacoca, dolores, gritos, zamarreos, insultos, amenazas, más el desamparo de mi socio conyugal, rigurosamente amparados en la expresión, se aprovecharon del pánico y me hicieron firmar una autorización para quizás qué maléfico fin.

Era una clínica bonita y prestigiosa en algún sentido que no puedo recordar, pero humanamente desastrosa.

Para comenzar, las enfermeras absolutamente enojadas con el mundo y desquitadas conmigo. La vetusta matrona que me fue asignada, cuyo ingenio le empujó a fantasearme que era mi segunda madre... hizo que vomitara lo poco que iba quedando de mí.

Pero qué me dijeron!  En medio de mi propia tragedia griega recordé que tenía mamá verdadera y clamé por ella a todo pulmón de mis 16 años. Sentí  que tenía derecho a un abogado...

Entre mis gritos de socorro y los me muero, apareció un estupendo ángel del cielo clínico, que con voz altisonante me dijo: “Hola, chiquilla! Yo te voy a quitar esos dolores”. Y con sus brazos fuertes y velludos comenzó a girar mi cuerpo hasta ponerlo en posición fetal.

Las hormonas de este angelito deben haber tenido una potencia de largo alcance, porque me perturbaron de verdad. El estar desnuda frente a un hombre que no fuera mi celoso marido, me dio una vergüenza enorme que sólo logré sofocar increpando duramente al profesional, quien como toda respuesta se rió a carcajadas, aclarando que tenía una mujer estupenda y que no le interesaba mirar a una flacuchenta como yo. 

Me dio conformidad y un poco de confianza pero, de no haber sido así, lo habría perdonado de todos modos, en circunstancias que fue la única persona que pareció tener interés en mitigar mi sufrimiento. 

Me enseñó a respirar como perrito cansado y entre jadeo y jadeo me introdujo una inmensa aguja en la columna. La acción la reforzó musitando unas palabras mágicas que hicieron que desde ese día lo ame en silencio sin siquiera saber su nombre.

Me avisaron el momento exacto para pujar PUJAR y cuando pensaba que iba a morir de anestesia insuficiente, nació él, mi primogénito adorado.

Aquel parto que prometía ser la experiencia más terrible de mi vida, fue convertido en lo más maravilloso que pude experimentar como ser humano: dar vida.

Tras sus últimos chapoteos en mis aguas maternales, concluyó la dulce espera.

Ya asido al mundo, con  sus grandes ojitos negros parecían investigar qué hacía gritar tanto a esta mujer.

Al verlo, mi llanto se tornó suavecito y las lágrimas en refrescos de emoción. 

Más allá, el amor al unísono con mi voz recitaban una y otra vez: ¡Mi hijo...! ¡Mi hijo...! 

Primavera Silva Monge


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